CAPÍTULO XXXIII
EL DRAGÓN DE LAS TINIEBLAS
Yo pensaba que después de las Bodas Químicas con mi Alma Espiritual,
entraría de lleno en una paradisíaca Luna de Miel; ni remotamente sospechaba
que entre las guaridas sumergidas del Subconsciente humano, se escondiera el
izquierdo y tenebroso Mara del evangelio Buddhista; el famoso Dragón de las
tinieblas citado por el Apocalipsis de San Juan; el padre de los tres
traidores...
Gigantesco monstruo abismal de siete cabezas infrahumanas,
personificando siempre a los siete pecados capitales: Ira, Codicia, Lujuria,
Envidia, Orgullo, Pereza, y Gula...
Y rugió la gran bestia espantosamente, como cuando un león ruge, y se
estremecieron de horror las potencias de las tinieblas...
Sólo con la electricidad sexual trascendente en plena Magia Sexual, es
posible reducir a polvareda cósmica aquel horripilante engendro abismal...
Afortunadamente yo supe aprovechar hasta el máximum "el Coitus
Reservatus" para hacer mis súplicas a "DEVI‑KUNDALINI", la
"Serpiente Ígnea de Nuestros Mágicos Poderes".
Empuña el Monstruo con su siniestra mano la temible lanza; tres veces
intenta herirme en vano; desesperado arroja contra mí la dura pica; interviene
en esos instantes mi Divina Madre KUNDALINI; se apodera de la singular reliquia
y con ella hiere mortalmente al Dragón Rojo...
MARA, la horripilante bestia infernal, pierde entonces su gigantesca
estatura, se empequeñece poco a poco, se reduce a un punto matemático y desaparece
para siempre del tenebroso antro...
Posteriormente, aquella fracción de mi Conciencia antes enfrascada
entre el abominable monstruo, regresa, vuelve a mí...
Terribles son los secretos del viejo abismo, océano sombrío y sin
límites, donde la noche primogénita y el Caos, abuelos de la naturaleza,
mantienen una perpetua anarquía en medio del rumor de eternas guerras,
sosteniéndose con el auxilio de la confusión...
El calor, el frío, la humedad, la sequía, cuatro terribles campeones,
se disputan allí la superioridad y conducen al combate sus embriones de átomos,
que agrupándose en torno de la enseña de sus legiones y reunidos en diferentes
tribus, armados ligera o pesadamente, agudos, redondeados, rápidos o lentos,
hormiguean tan innumerables como las arenas del Barca o las de la ardiente
playa de Cirene, arrastrados para tomar parte en la lucha de los vientos y para
servir de lastre a sus alas veloces...
El átomo a quien mayor número de átomos se adhiere domina por un
momento; el Caos gobierna como árbitro, y sus decisiones vienen a aumentar cada
vez más el desorden, merced al cual reina; después de él, es ostensible que en
esos Mundos Infiernos el acaso lo dirige todo...
Ante aquel abismo salvaje, cuna y sepulcro de la naturaleza, ante
aquel antro que no es mar ni tierra, ni aire ni fuego, sino que está formado de
todos esos elementos, que, confusamente mezclados en sus causas fecundas, deben
combatir del mismo modo siempre, a menos que el Demiurgo Creador disponga de
sus negros materiales para formar nuevos mundos, ante aquel Tártarus Bárbaro,
el Dragón de las tinieblas exhaló su postrer aliento...
Fácil es descender a los "Mundos‑Infiernos" pero no lo es
tanto volver. ¡Allí está el duro trabajo! ¡Allí la difícil prueba!...
Algunos héroes sublimes, pocos en verdad han logrado el regreso
triunfal. Bosques impenetrables separan el Averno del Mundo de Luz; y las aguas
del pálido río, el Cócito, trazan repliegues laberínticos en aquella penumbra,
cuya sola imagen estremece...
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