CAPÍTULO VII
LA MEDITACIÓN
Franqueado de murallas intelectivas, hastiado de tantas teorías tan
complicadas y difíciles, resolví viajar hacia las costas tropicales del mar
Caribe...
Allá lejos, sentado como un ermita de los tiempos idos, bajo la sombra
taciturna de un árbol solitario, resolví darle sepultura a todo ese séquito
difícil del vano racionalismo...
Con mente en blanco, partiendo del cero radical, sumido en meditación
profunda, busqué dentro de mí mismo al Maestro Secreto...
Sin ambages confieso y con entera sinceridad, que yo tomé muy en serio
aquella frase del testamento de la sabiduría antigua que a la letra dice:
"Antes de que la falsa aurora amaneciera sobre la Tierra,
aquellos que sobrevivieron al huracán y a la tormenta, alabaron al INTIMO, y a
ellos se les aparecieron los heraldos de la aurora".
Obviamente buscaba al INTIMO, le adoraba entre el secreto de la
meditación, le rendía culto...
Sabía que dentro de mí mismo, en las ignotas reconditeces de mi alma
le hallaría, y los resultados no se hicieron esperar mucho tiempo...
Más tarde, en el tiempo, hube de alejarme de la arenosa playa para
refugiarme en otras tierras y en otros lugares...
Empero, doquiera que fuese, continuaba con mis prácticas de
meditación; acostado en mi lecho o en el duro piso, me colocaba en la forma de
estrella flamígera ‑piernas y brazos abiertos a derecha e izquierda ‑ con el
cuerpo completamente relajado...
Cerraba mis ojos para que nada del mundo pudiese distraerme; después
me embriagaba con el vino de la meditación en la copa de la perfecta
concentración.
Incuestionablemente, conforme intensificaba mis prácticas, sentía que
realmente me acercaba al Intimo...
Las vanidades del mundo no me interesaban; bien sabía que todas las
cosas de este valle de lágrimas son perecederas...
El Intimo y sus respuestas instantáneas y secretas era lo único que
realmente me interesaba.
Existen festivales cósmicos extraordinarios que jamás pueden ser
olvidados; esto lo saben muy bien los Divinos y los Humanos...
En momentos en que escribo estas líneas viene a mi memoria el grato
amanecer de un venturoso día...
Desde el jardín interior de mi morada, fuera del cuerpo planetario,
hincado humildemente, clamando con gran voz llamé al Intimo...
El bendito traspasó el umbral de mi mansión; yo le vi venir hacia mí
con paso triunfal...
Vestido con céfiro precioso y blanca túnica inefable, vino a mí el
adorable; le contemplé dichoso...
En su cabeza celestial lucía espléndida la corona de los Hierofantes;
todo su cuerpo estaba hecho de naturaleza de felicidad...
En su diestra resplandecían preciosas todas esas gemas valiosas de las
cuales habla el Apocalipsis de San Juan...
Empuñaba el Señor con gran firmeza la Vara de Mercurio, el cetro de
los reyes, el bastón de los Patriarcas...
Tomándome en sus brazos cantó el venerable con voz de paraíso diciendo
cosas que a los seres terrenales no les es dable comprender...
El Señor de perfecciones me llevó entonces al planeta Venus, muy lejos
de las amarguras de este mundo...
Así fue como me acerqué al Intimo por el camino secreto de la
meditación interior profunda; ahora parlo porque...
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