CAPÍTULO III
ESPIRITISMO
Era yo todavía un chaval de doce primaveras, cuando solícito con
alguien que ansioso investigaba los Misterios del más allá, me propuse también
inquirir, indagar, investigar en el terreno inquietante del espiritismo.
Entonces con tesón de clérigo en la celda, estudié innumerables obras
metafísicas. No está demás citar autores como Luis Zea Uribe, Camilo
Flammarion, Kardek, León Denis, César Lombroso, etc.
El primero de una serie de kardek ciertamente me pareció muy
interesante, más, tuve que releerlo tres veces con el ánimo indiscutible de
comprenderlo íntegramente.
Después convertido realmente en un verdadero ratón de biblioteca,
confieso con franqueza, sin ambages, que me apasioné con el "Libro de los
Espíritus", antes de seguir con muchísimos otros volúmenes de enjundioso
contenido.
Con mente impenetrable para cualquier otra cosa que no fuese el
estudio, me encerraba muy largas horas dentro de mi casa o en la biblioteca
pública, con el anhelo evidente de buscar el camino secreto.
Ahora, sin presumir de sabio, sin vanagloria alguna, sólo deseo en
este capítulo dar a conocer el resultado de mis investigaciones en el terreno
espiritista.
MEDIUMS
Sujetos pasivos, receptivos, que ceden su materia, su cuerpo, a los
fantasmas metafísicos de ultra‑tumba.
Es incuestionable que el KARMA de la Mediumnidad es la epilepsia.
Obviamente los epilépticos fueron mediums en sus vidas anteriores.
EXPERIMENTOS
1.)Cierta Dama, cuyo nombre no menciono, veía constantemente el
fantasma de una mujer fallecida; este último le decía al oído muchas cosas.
En solemne sesión espiritista cayó la dama en trance; el fantasma
obsesor le indicó a la redicha médium escarbara en determinado lugar de la
casa, pues allí ‑se le dijo ‑ encontraría un gran tesoro.
Se siguieron las indicaciones del fantasma; desafortunadamente el
tesoro no fue hallado.
Es incuestionable que la fortuna esa, sólo era una simple proyección
mental de la psiquis subjetiva de los asistentes. Obviamente esa gente resultaba
en el fondo muy codiciosa.
2.)Allende el tiempo y la distancia, muy lejos de esta mi querida
tierra mexicana, hube de internarme en el estado Zulia, Venezuela, Sur América.
Huésped de mi anfitrión, en su campestre morada, debe aseverar que por
aquellos días fui testigo presenciar de un acontecimiento metafísico insólito.
Conviene ratificar para bien de mis lectores, que mi redicho anfitrión era, fuera de toda duda y dicho sin
ambages, un personaje demasiado humilde, de la raza de color.
Es incuestionable que aquel buen señor, por cierto muy generoso con
los necesitados, gastaba con salero, de su propiedad, en ricas comilonas.
Residir en el hotel entre gente cultivada o resentirse contra alguien por algún motivo, era para este buen
hombre, algo imposible; ciertamente prefería resignarse a la tarea, con su
suerte, en los duros infortunios del trabajo.
Huelga decir en gran manera que aquel caballero de marras parecía
tener el don de la ubicuidad, pues se le veía por doquier, aquí, allá y acullá.
Cualquier noche de esas tantas ese distinguido caballero, con mucho
secreto me invitó a una sesión de espiritismo. Yo, en modo alguno, quise
declinar tan amable invitación.
Tres personas reunidas bajo el campesino techo de su hacienda, nos
sentamos alrededor de una mesa de tres patas.
Mi anfitrión lleno de inmensa veneración abrió una pequeña caja que
jamás abandonaba en sus viajes y de ella extrajo una calavera indígena.
Posteriormente recitó algunas hermosas plegarias y clamó con gran voz
llamando al fantasma del misterioso cráneo.
Era la media noche, el cielo estaba encapotado con negros nubarrones
que siniestros se perfilaban en el espacio tropical, llovía y truenos y
relámpagos hacían estremecer a toda la comarca.
Extraños golpes se sintieron dentro del interior del mueble y luego
definitivamente violando la ley de la gravedad, como burlándose de los viejos
textos de física, la mesa se levantó del piso.
Después vino lo más sensacional; el fantasma invocado apareció en el
recinto y pasó junto a mí.
Por último la mesa se inclinó hacia mi lado y la calavera que sobre
este mueble se encontraba, vino a posarse en mis brazos.
¡Ya basta! exclamó mi anfitrión. La tempestad está muy fuerte y en
estas condiciones tales invocaciones resultan muy peligrosas. En esos instantes
un trueno espantoso hizo palidecer el rostro del invocador.
3.)Ambulando cierto día por una de esas viejas callejas de la ciudad
de México, D.F., movido por una extraña curiosidad hube de penetrar con otras
personas en una antigua casona, donde para bien o para mal, funcionaba un
centro espiritista o espiritualista.
Exquisito salón extra‑superior de muchas campanillas y con bastante
gente emotiva, delicada y de marca mayor.
Sin pretender en modo alguno exponerme a un riesgo, muy
respetuosamente tomé asiento frente al estrado.
Empaparme en las doctrinas de los médium espiritistas, discutir, o
empezar a arrojar con mal en términos amistosos y con fingidas mansedumbres y
poses pietistas, ciertamente no fue mi propósito al entrar en tal recinto.
Sólo quería tomar nota de todos los detalles con flexible
entendimiento y singular cordura.
Ensayarse a orar en el hablar para recitar en público prepararse con
anticipación, ciertamente es algo que está en todo tiempo excluido de la
mentalidad espiritista.
Paciente la sacra cofradía del misterio, aguardaba con anhelo místico
voces y palabras surgidas de ultratumba.
Independiente de los demás en sus diagnósticos, idóneo para algo bien
nefasto, un caballero de cierta edad cae en trance, convulsivo se estremece
como cualquier epiléptico, sube a la tarima, ocupa la tribuna de la elocuencia
y toma la palabra.
"Aquí, entre vosotros, JESÚS de NAZARET el CRISTO" exclama
con gran voz aquel infeliz poseso.
En esos instantes terroríficos vibra horripilante la tarima engalanada
con cirios y flores ‑el altar de los Baales ‑, y todos los devotos caen en
tierra prosternados.
Yo, sin querer turbar en el desempeño a nadie, serenamente me dediqué
a estudiar al Médium con mi sexto sentido.
Traspasado de angustia pude verificar ciertamente la cruda realidad de
aquel insólito caso metafísico. Obviamente se trataba de un impostor siniestro
e izquierdo que explotaba la credulidad ajena haciéndose pasar por Jesucristo.
Con mi sentido clarividente observé a un Mago negro ataviado con roja
túnica color sangre.
El tétrico fantasma metido entre el cuerpo físico del médium,
aconsejando a los consultantes, procuraba hablar con tono Jesucristiano a fin
de que los fanáticos aquellos no lo descubriesen.
Concluida aquella horripilante sesión, me retiré del recinto con el
ardiente deseo de no regresar jamás allí.
4.)Vivir a placer, con su familia, de favor, en paz para trabajar, por
obra de magia, sobre la tierra, es ciertamente algo muy romántico.
Empero, abalanzarse a los riesgos suele a veces ser indispensable
cuando se trata de procurar para los demás todo el bien posible.
Franqueado de murallas intelectivas quise florecer en sabiduría y sin
desfallecer en fuerzas, viajé muy joven por diversos lugares del mundo.
Allende el tiempo y la distancia, en la remota lejanía de una comarca
suramericana conocida popularmente con el típico nombre del Quindío, muy
flexible al entendimiento, hube de relacionarme con un médium espiritista que
trabajaba como herrero.
Sin trabucarse jamás en discusión alguna, aquel obrero laboraba
tranquilo en su rojiza forja.
Extraño encasquillador espiritista; místico señor de broncínea figura;
atlética personalidad cenobita.
¡Válgame Dios y Santa María! Yo le vi en siniestro e izquierdo trance
mediumnímico poseído por Belcebú, Príncipe de los Demonios.
Todavía recuerdo aquellas palabras tenebrosas con las cuales el poder
de las tinieblas cerrara la sesión:
"BEL TENGO MENTAL LA PETRA Y QUE A EL LE ANDUBE SEDRA, VAO
GENIZAR LE DES". (luego firmaba: BELCEBÚ).
Herrero paradójico anacoreta. Arrepentido le hallé al siguiente día
del izquierdo aquelarre espiritista; entonces juró solemnemente en nombre del
eterno Dios viviente no volver a prestar su cuerpo físico al horror de las
tinieblas.
Algunas veces le sorprendía en su fragua consultando muy sinceramente
el devocionario espiritista de Kardec.
Posteriormente aquel caballero de marras me invitó lleno de místico
entusiasmo a otras tantas exhaustivas sesiones mediumnímicas, donde con ansia
infinita evocara a: "JUAN HURTADO EL MAYOR".
Sin exageración alguna, para bien de mis amados lectores, debo ahora
aseverar oportunamente que el redicho fantasma, parlando con la lengua del
médium en trance, se vanagloriaba de poder manifestarse a través de ciento
cincuenta médiums en forma simultánea.
Concluir con un discurso (a alguien), de listo, en consonante, es
ciertamente muy normal; empero, pluralizarse en ciento cincuenta discursos,
simultáneos, diferentes, me pareció en aquella época algo asombroso.
Es incuestionable que por aquella época de mi vida todavía no había
analizado el tema ese de la pluralidad del YO, del MI MISMO.
E L E G O
Sin querer extenderme inusitadamente en digresiones de ninguna
especie, enfatizo muy sinceramente aquello que en forma directa he
experimentado plenamente.
El redicho EGO obviamente carece de todo aspecto Divinal, auto‑enaltecedor
y dignificante.
Permítasenos la libertad de disentir con aquellas personas que
presuponen la existencia de dos Yoes; uno de tipo superior, otro de clase
inferior.
Ciertamente y en nombre de la verdad certificamos sin incongruencia
alguna, el tremendo realismo bien informado de que sólo existe en cada sujeto
un YO PLURALIZADO y terriblemente perverso.
Esta convicción de fondo se afianza en la experiencia vivida del autor
del presente tratado esotérico.
En modo alguno necesitamos exteriorizar ideas inmaduras; jamás
cometeríamos el desatino de aseverar utopismos descabellados.
Nuestra aserción tiene muy abundante documentación en todos los libros
sagrados de los antiguos tiempos.
Como ejemplo viviente de
nuestro aserto, no está demás recordar las cruentas batallas de Arjuna contra
sus amados parientes, (los Yoes), en el BHAGAVAD GUITA. (El Canto del Señor).