CAPÍTULO I
MI INFANCIA
No está demás aseverar solemnemente que
nací con enormes inquietudes espirituales; negarlo sería un absurdo...
Aunque a muchos les parezca algo insólito
e increíble, el hecho concreto de que haya alguien en el mundo que pueda
recordar en forma íntegra la totalidad de su existencia, incluyendo hasta su
propio suceso del nacimiento, quiero aseverar que yo soy uno de esos.
Después de todos los consabidos procesos
natales, muy limpio y hermosamente vestido, deliciosamente fui colocado en el
lecho materno junto a mi madre...
Cierto gigante muy amable, acercándose a
aquel sagrado lecho, sonriendo dulcemente me contemplaba, era mi padre.
Huelga decir claramente y sin ambages,
que en el amanecer de cualquier existencia andamos originalmente en cuatro
patas, luego en dos y por último en tres. Obviamente la postrera es el bastón
de los ancianos.
Mi caso en modo alguno podía ser una
excepción a la regla general. Cuando tuve once meses quise caminar y es
evidente que lo logré, sosteniéndome firmemente sobre mis dos pies.
Todavía recuerdo plenamente aquel
instante maravilloso en que, entrelazando mis manos sobre la cabeza, hiciera
solemnemente el signo masónico de socorro: "ELAI B" NE AL'
MANAH".
Y como quiera que todavía no he perdido
la capacidad de asombro, debo decir que lo que sucedió entonces me pareció
maravilloso. Caminar por vez primera con el cuerpo que a uno le ha dado la
Madre Natura, es fuera de toda duda un prodigio extraordinario.
Muy serenamente me dirigí hasta el viejo
ventanal desde el cual podía verse claramente el abigarrado conjunto de
personas que aquí, allá, o acullá, aparecían o desaparecían en la calleja
pintoresca de mi pueblo.
Agarrarme a los barrotes de tan vetusta
ventana, fue para mi la primera
aventura; afortunadamente mi padre ‑hombre muy prudente ‑ conjurando con mucha
anticipación cualquier peligro, había colocado una malla de alambre en la
balaustrada, a fin de que yo no fuese a caer en la calle.
¡Ventana muy antigua de un alto piso!
¡Cuánto la recuerdo! Vieja casona centenaria donde diera mis primeros pasos...
Ciertamente en esa deliciosa edad, amaba
los encantadores juguetes con que los niños se divierten, más esto en modo
alguno interfería mis prácticas de meditación.
Por esos primeros años de la vida en que
uno aprende a caminar, acostumbraba sentarme al estilo oriental para meditar...
Entonces estudiaba en forma retrospectiva
mis pasadas reencarnaciones y es ostensible que me visitaban muchas gentes de
los antiguos tiempos.
Cuando concluía el éxtasis inefable y
retornaba al estado normal común y corriente, contemplaba con dolor los muros
vetustos de aquella centenaria casa paternal, donde yo parecía, a pesar de mi
edad, un extraño cenobita...
¡Cuán pequeño me sentía ante esos toscos
murallones! lloraba... ¡Sí! como lloran los niños...
Me lamentaba diciendo: ¡Otra vez en un
nuevo cuerpo físico! ¡Cuán dolorosa es la vida! ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!...
En esos precisos instantes acudían
siempre mi buena madre con el propósito de auxiliarme, a tiempo que exclamaba:
"El niño tiene hambre, tiene sed," etc., etc., etc.
Jamás he podido olvidar aquellos
instantes en que alegre corría por los solariegos corredores de mi casa...
Entonces me acaecían insólitos casos de
Metafísica trascendente: Me llamaba mi padre desde el umbral de su recámara; yo
le veía en ropas de dormir y cuando intentaba acercarme a él, se esfumaba
perdiéndose en la dimensión desconocida...
Empero, confieso sinceramente que este
tipo de fenómenos psíquicos me eran muy familiares. Entraba sencillamente en su
alcoba y al verificar en forma directa que su cuerpo físico yacía dormido entre
el perfumado lecho de caoba, me decía a mi mismo lo siguiente: ¡Ah! lo que
sucede es que el alma de mi padre está afuera porque su cuerpo carnal en estos
momentos está durmiendo.
Por aquellos tiempos comenzaba el cine
mudo y muchas gentes se reunían en la plaza pública durante la noche, para
distraerse observando películas al aire libre en la rudimentaria pantalla: una
sábana bien templada, clavada en dos palos debidamente distanciados...
Yo tenía en casa un cine muy diferente:
me encerraba en una recámara obscura y fijaba la mirada en la barda o pared. A
los pocos instantes de espontánea y pura concentración, se iluminaba
espléndidamente el muro cual si fuese una pantalla multidimensional,
desapareciendo definitivamente las bardas; surgían luego de entre el infinito
espacio, paisajes vivientes de la gran naturaleza, gnomos juguetones, silfos
aéreos, salamandras del fuego, ondinas de las aguas, nereidas del inmenso mar,
criaturas dichosas que conmigo jugueteaban, seres infinitamente felices.
Mi cine no era mudo, ni en él se
necesitaba a Rodolfo Valentino, o a la famosa Gatita Blanca de los Tiempos
idos.
Mi cine era también sonoro y todas las
criaturas que en mi pantalla especial aparecían, cantaban o parlaban en el orto
purísimo de la divina lengua primigenia, que como un río de oro corre bajo la
selva espesa del sol.
Más tarde, al multiplicarse la familia,
invitaba a mis inocentes hermanitos y ellos compartían conmigo esta dicha
incomparable mirando serenamente las figuras astrales en la extraordinaria
barda de mi oscura recámara...
Fui siempre un adorador del Sol y tanto
al amanecer como al anochecer subía sobre la techumbre de mi morada (porque
entonces no se usaban las azoteas) y sentado al estilo oriental como un yoguín
infantil, sobre las tejas de barro cocido, contemplaba al astro rey en estado
de éxtasis, sumiéndome así en profunda meditación: buenos sustos se llevaba mi
noble madre viéndome caminar sobre la morada...
Siempre que mi anciano padre abría la
vieja puerta del guardarropa, sentía como si me fuese a entregar aquella
singular chaqueta o casaca de color púrpura en la que lucían dorados botones...
Vieja prenda del vestir caballeresco que
usara con elegancia en aquella mi antigua reencarnación en que me llamara
Simeón Bleler; a veces se me ocurría que entre ese armario viejo pudieran
también estar guardados espadas y floretes de los antiguos tiempos.
No se si mi padre me comprendiera;
pensaba tal vez que pudiera entregarme objetos de esa antepasada existencia; el
anciano me miraba y en vez de tales prendas me entregaba una carreta para que
con ella jugara; juguete de dichas inocentes en mi infancia...
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